miércoles, 2 de septiembre de 2015

Él guarda los pies de sus santos.

El camino es resbaladizo y nuestros pies son débiles; mas el Señor guarda nuestros caminos y afirma nues- tros pies. Si con fe y obediencia nos entregamos a Él, Él mismo se constituirá en nuestro custodio. No sólo mandará a sus ángeles para que nos guarden, sino que Él mismo guardará nuestras salidas. 

Él guardará nuestros pies de toda caída para que no manchemos nuestras vestiduras, ni seamos heridos en   nuestras almas, ni la causa de que blasfeme el enemigo. 
Él guardará nuestros pies para que no yerren, ni entremos por senderos de mentira o por caminos anchos de locura, o por sendas mundanales. 
Él guardará nuestros pies para que no se hinchen con la fatiga del largo caminar, ni se hieran por la aspereza del sendero. 
Él guardará nuestros pies de las heridas; de hierro y metal será nuestro calzado, de suerte que aun cuando              tuviéramos que poner nuestros pies sobre el filo de una espada, o sobre serpientes ponzoñosas, no se ensangrentarán nuestros pies, ni seremos envenenados. 
Finalmente, Él librará nuestros pies de la red. No seremos envueltos en los lazos de seducción que nos        tienda el enemigo solapado de nuestras almas.
Fortalecidos con esta promesa, corramos sin cansancio y sin temor. El que guarda nuestros pies los guardará con eficacia. 

                                                                                                                  

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