miércoles, 29 de agosto de 2018

La verdadera grandeza cristiana



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Hubo también entre ellos una disputa sobre quién de ellos sería el mayor. Pero él les dijo: Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores; mas no así vosotros, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve (Lucas 22:24-26).
Observemos en este pasaje, el impresionante relato que ofrece nuestro Señor de la verdadera grandeza cristiana. Les dice a sus discípulos que el mundo mide la grandeza según el ejercicio de señorío y autoridad. “Mas no así vosotros—dice—, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve”. Y entonces refuerza este principio por el tremendo hecho de su propio ejemplo. “Yo estoy entre vosotros como el que sirve”.
La utilidad en el mundo y en la Iglesia, una disposición humilde a hacer algo y a poner nuestras manos en cualquier buena obra, un deseo alegre de servir en cualquier puesto, por humilde que sea, y a desempeñar cualquier labor por desagradable que sea si con ello promovemos la felicidad y santidad en la Tierra, estas son las verdaderas pruebas de la grandeza cristiana. El héroe en el Ejército de Cristo no es aquel que tiene rango, título, dignidad, carros y hombres a caballo y cincuenta hombres delante. Es aquel que no mira por lo suyo sino por lo de los demás. Es aquel que es amable y bondadoso con todos, que piensa en todos, con una mano dispuesta a ayudar a todos y un corazón para todos. Es aquel que invierte y se invierte en reducir la maldad y la tristeza del mundo, en vendar al de corazón quebrantado, en amparar a los que no tienen amigos, en consolar a los que sufren, en proporcionar luz a los ignorantes y en levantar a los pobres. Este es el verdadero gran hombre a los ojos de Dios. El mundo puede ridiculizar su trabajo y negar la sinceridad de sus motivaciones. Pero, mientras el mundo se burla, Dios se complace. Este es el hombre que camina más cerca de los pasos de Cristo.
Persigamos este tipo de grandeza si deseamos demostrar que somos siervos de Cristo. No nos conformemos con tener un claro conocimiento, profesar con nuestros labios, comprender mejor la controversia y contender fervientemente por los intereses de nuestro grupo. Asegurémonos de ministrar a las necesidades de un mundo cargado por el pecado y de hacer el bien a cuerpos y almas.    J.C. Ryle


miércoles, 1 de agosto de 2018

El que encubre sus pecados

El que encubre sus pecados

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El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia (Proverbios 28:13).
Este es el camino hacia la misericordia para un pecador culpable y arrepentido: tiene que abandonar la costumbre de encubrir el pecado. Esto intentamos hacerlo con la mentira—que niega dicho pecado—, con la hipocresía—que lo oculta—, con la jactancia—que lo justifica—y con una ostentosa profesión de piedad, que procura compensarlo.
El deber del pecador es confesar su pecado y apartarse de él. Las dos cosas van juntas: la confesión tiene que hacerse rectamente al Señor mismo, y ha de incluir un reconocimiento de la culpa, una comprensión de la maldad de esta y un aborrecimiento de ella. No debemos culpar a otros, ni a las circunstancias, ni disculparnos con nuestra debilidad natural; tenemos que descargar la conciencia y confesarnos culpables del delito: no puede haber misericordia hasta que hayamos hecho esto.
Además, debemos apartarnos del pecado: una vez reconocida nuestra falta, tenemos que renunciar a toda intención presente o futura de seguir en ella. No podemos continuar en rebeldía y al mismo tiempo morar con el Rey en su majestad. Hay que abandonar la costumbre del pecado, así como todos los lugares, compañeros, ocupaciones o libros que nos puedan desviar. Obtenemos el perdón, no por la confesión o la reforma, sino en conexión con ellas, por la fe en la sangre del Señor Jesucristo.
                                                                                                                              C.H. Spurgeon