lunes, 13 de enero de 2020

Y al que a mí viene, no le echo fuera

Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene no le hecho fuera.   Jn 6.37 Citas Bíblicas, Palabra De Dios, Biblia, Padre, Hijos
“Y al que a mí viene, no le echo fuera.” Juan 6: 37. 
¿Hay algún caso en el que nuestro Señor hubiere echado fuera a alguien que viniera a Él?
 Si existiera un caso así, nos gustaría conocerlo; pero no ha habido ningún caso, y nunca lo habrá. Entre las almas perdidas en el infierno no hay una sola que pudiera decir: “yo vine a Jesús, y Él me rechazó.” 
No es posible que tú o yo fuéramos los primeros a quienes Jesús no les cumpla Su palabra. 
No abriguemos una sospecha tan oscura.
 Supongan que acudimos a Jesús en relación a nuestros males de hoy.
 De esto podemos estar seguros: Él no nos denegará una audiencia, ni nos echará fuera.
 Aquellos de nosotros que hemos ido con frecuencia a Él, y aquellos que no han ido nunca antes: vamos juntos, y comprobaremos que Él no cerrará en la cara de ninguno de nosotros la puerta de Su gracia.
 “Este a los pecadores recibe”, pero a nadie desecha.
 Venimos a Él en debilidad y pecado, con temblorosa fe, escaso conocimiento, y tenue esperanza; pero Él no nos echa fuera. 
Venimos por medio de la oración, y esa oración es imperfecta; con confesión, y esa confesión es deficiente; con alabanza, y esa alabanza no tiene muchos méritos; sin embargo, Él nos recibe. Venimos enfermos, contaminados, desgastados, e indignos; pero Él no nos echa fuera. 
Vengamos de nuevo a Él hoy, pues nunca nos echa fuera. 
 Charles Spurgeon

lunes, 30 de diciembre de 2019

Entonces andarás por tu camino confiadamente

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“Entonces andarás por tu camino confiadamente, y tu pie no tropezará.” Proverbios 3: 23. 

Es decir, si seguimos los caminos de la sabiduría y de la santidad, seremos preservados en ellos.
 El que viaja a la luz del día por la calzada, está bajo la protección del rey. 
Hay un camino para cada persona, es decir, su propio llamamiento en la vida, y si nosotros caminamos en él, en el temor de Dios, Él nos preservará del mal. 
Tal vez no viajemos lujosamente, pero caminaremos con seguridad. 
Tal vez ya no podamos correr como lo hacen los jóvenes, pero podremos caminar como hombres buenos. 
Nuestro mayor peligro está en nosotros mismos: nuestro débil pie es muy tristemente propenso al tropiezo. 
Pidamos una mayor fortaleza moral, para que nuestra tendencia a resbalar pueda ser dominada. Algunos tropiezan porque no ven la piedra en el camino: la gracia divina nos capacita para ver el pecado, y así evitarlo.
 Hemos de argumentar esta promesa, y hemos de confiar en Aquel, que sostiene a Sus elegidos. 
¡Ay!, nuestro peor peligro es nuestra propia negligencia, pero el Señor nos ha puesto en guardia contra esto, diciendo: “Velad y orad.”
 ¡Oh, pidamos gracia para caminar hoy sin un solo tropiezo! No basta que no caigamos de hecho; nuestro clamor ha de ser que no experimentemos el menor resbalón con nuestro pie, sino que al fin adoremos a Quien es poderoso para protegernos de cualquier tropiezo.  
 Charles Spurgeon

miércoles, 11 de diciembre de 2019

Confía en Él Señor y haz el bien

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“Confía en Jehová, y haz el bien; y habitarás en la tierra, y te apacentarás de la verdad.” Salmo 37: 3 
Confía y haz son palabras que se entrelazan muy bien, en el orden en que el Espíritu Santo las ha colocado.
 Hemos de tener fe, y esa fe debe obrar. 
La confianza en Dios nos pone en la obra santa: confiamos en Dios para el bien, y luego hacemos el bien. No nos quedamos quietos porque confiamos, sino que nos levantamos y esperamos que el Señor obre a través nuestro y por nosotros. 
No nos corresponde preocuparnos y hacer el mal, sino confiar y hacer el bien. 
No confiamos sin hacer, ni hacemos sin confiar.
 Los adversarios quieren erradicarnos, si pudieran; pero confiando y haciendo, habitamos en la tierra. 
No entraremos en Egipto, sino que permaneceremos en la tierra de Emanuel: la providencia de Dios, la tierra de Canaán del amor del pacto.
 No se pueden deshacer de nosotros tan fácilmente como suponen los enemigos del Señor. 
No pueden echarnos fuera, ni destruirnos: allí donde Dios nos ha dado un nombre y un lugar, allí moraremos. 
Pero, ¿qué pasa con la provisión de nuestras necesidades? El Señor ha puesto un ‘en verdad’ a esta promesa. 
Tan cierto como que Dios es fiel, Su pueblo será alimentado. 
A ellos les corresponde confiar y hacer, y el Señor actuará de conformidad a su confianza. 
Si no son alimentados por los cuervos, o alimentados por Abdías, o alimentados por una viuda, de alguna manera ellos serán alimentados.
 ¡Fuera los temores! cofia en el Señor y haz el bien 
 Charles Spurgeon

sábado, 31 de agosto de 2019

¿Cuál es el propósito de la convicción de pecado?




El Espíritu nos convence de pecado para así traernos a Cristo. La convicción de pecado es el proceso que nos conduce a una perspectiva correcta de nuestras vidas a los ojos de Dios, para que podamos entregarnos por completo a su gracia y misericordia en la Cruz. Por consiguiente, inevitablemente sucede que la convicción mejora el carácter cristiano de dos formas:
Produce humildad. Cuando Pablo dice en Romanos 1.18-3.20 que los pecadores callarán, está creando este tipo de humildad. Toda boca es cerrada y todo el mundo es consciente de su culpa. Esto deja una huella duradera en la vida de una persona. Ser acallado ante el trono de Dios es una experiencia inolvidable. Se ve cada vez que hablamos con otros.
Produce gratitud. Entendemos la grandeza de la gracia de Dios en proporción a nuestro sentido de necesidad. Cuanto más comprendamos nuestra condición personal, mediante la convicción, más grandioso nos parecerá el amor de Dios. La gratitud crece mejor cuando es plantada en la convicción, igual que ciertas plantas han de ser plantadas en invierno para que florezcan en verano.
Las circunstancias que rodean nuestra entrada en el Reino de Dios son significativas en el mundo espiritual, del mismo modo que las circunstancias de nuestro nacimiento natural pueden serlo en nuestra vida. Puesto que Dios sabe lo que pretende hacer con nosotros y mediante nosotros como hijos suyos que somos, nos pone bajo distintos niveles de convicción.
Algunos, como aquellos que oyeron el sermón de Pedro el día de Pentecostés, tienen una convicción de pocos minutos; otros, como Pablo, unos cuantos días; otros atraviesan una oscura noche del alma que parece interminable, como Bunyan y Lutero.
Estas diferencias están en las manos de Dios. Lo que está en nuestras manos, sea cual sea la cantidad de convicción en nuestros corazones, es el venir a Cristo y confiar en Él completamente, y sólo en Él, como nuestro Salvador. Así, al aumentar cada vez más nuestro conocimiento de cuánto lo necesitamos, aprenderemos a vivir ante los ojos de Dios vidas de obediencia, con gratitud sincera.  Extracto del libro La vida cristiana: Una introducción doctrinal, por Sinclair Ferguson

sábado, 20 de julio de 2019

Cumplirá el deseo de los que le temen



“Cumplirá el deseo de los que le temen; oirá asimismo el clamor de ellos, y los salvará.” Salmo 145: 19.

Su propio Espíritu ha obrado este deseo en nosotros, y por tanto, lo satisfará.
 Es Su propia vida interior la que incita el clamor, y, por ello, lo oirá.
 Los que le temen son hombres que están bajo la más santa influencia, y, por ello, su deseo es glorificar a Dios, y gozar de Él para siempre.
 Como Daniel, son hombres de deseos, y el Señor los conducirá a cumplir sus aspiraciones. 
Los deseos santos son gracia en la hierba, y el Labrador celestial los cultivará hasta que lleguen a ser grano lleno en la espiga. 
Los hombres temerosos de Dios desean ser santos, ser útiles, ser una bendición para otros, y así honrar a su Señor.
 Ellos desean provisiones para sus necesidades, ayudas cuando están bajo el peso de sus cargas, guía en medio de la perplejidad, liberación en la calamidad; y algunas veces este deseo es tan fuerte, y su caso es tan apremiante, que claman en agonía, como niños pequeñitos que sufren dolor, y entonces el Señor obra de una manera sumamente integral, y hace todo lo que es necesario, de conformidad a Su palabra: “Y los salvará”. 
Sí, si tememos a Dios, no debemos temer nada más; si clamamos al Señor, nuestra salvación es cierta. El lector ha de poner este texto en su lengua, y ha de conservarlo en su boca todo el día, y será para él como “una hojuela con miel”.

Charles H. Spurgeon


martes, 11 de junio de 2019

“Y al que a mí viene, no le echo fuera.” Juan 6: 3


Resultado de imagen para imagenes Juan 6: 37.


 ¿Hay algún caso en el que nuestro Señor hubiere echado fuera a alguien que viniera a Él?
 Si existiera un caso así, nos gustaría conocerlo; pero no ha habido ningún caso, y nunca lo habrá. 
Entre las almas perdidas en el infierno no hay una sola que pudiera decir: “yo vine a Jesús, y Él me rechazó.” 
No es posible que tú o yo fuéramos los primeros a quienes Jesús no les cumpla Su palabra. 
No abriguemos una sospecha tan oscura.
 Supongan que acudimos a Jesús en relación a nuestros males de hoy. 
De esto podemos estar seguros: Él no nos denegará una audiencia, ni nos echará fuera.
 Aquellos de nosotros que hemos ido con frecuencia a Él, y aquellos que no han ido nunca antes: vamos juntos, y comprobaremos que Él no cerrará en la cara de ninguno de nosotros la puerta de Su gracia. 
“Este a los pecadores recibe”, pero a nadie desecha.
 Venimos a Él en debilidad y pecado, con temblorosa fe, escaso conocimiento, y tenue esperanza; pero Él no nos echa fuera. Venimos por medio de la oración, y esa oración es imperfecta; con confesión, y esa confesión es deficiente; con alabanza, y esa alabanza no tiene muchos méritos; sin embargo, Él nos recibe. Venimos enfermos, contaminados, desgastados, e indignos; pero Él no nos echa fuera. 
Vengamos de nuevo a Él hoy, pues nunca nos echa fuera.  
 Charles Spurgeon

martes, 14 de mayo de 2019

“Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.” Mateo 5: 8.




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La pureza, la limpieza de corazón, es la cosa más importante que ha de buscarse.
 Necesitamos ser limpiados interiormente por medio del Espíritu y de la Palabra, y entonces seremos limpios exteriormente por la consagración y la obediencia. 
Hay una íntima conexión entre los afectos y el entendimiento: si amamos el mal, no podemos entender lo que es bueno. 
Si el corazón es impuro, el ojo estará empañado. ¿Cómo podrían ver a un Dios aquellos que aman las cosas profanas?
 ¡Qué privilegio tan grande es ver a Dios aquí! ¡Una mirada a Él es el cielo en la tierra!
 En Cristo Jesús los de limpio corazón ven al Padre.
 Lo vemos a Él, Su verdad, Su amor, Su propósito, Su soberanía, Su carácter del pacto, sí, lo vemos a Él mismo en Cristo.
 Pero esto es comprendido únicamente en la medida en que el pecado es mantenido fuera del corazón. Únicamente aquellos que buscan la santidad pueden clamar: “Mis ojos están siempre hacia Jehová.” El deseo de Moisés: “Te ruego que me muestres tu gloria”, puede ser cumplido únicamente conforme nos purifiquemos de toda iniquidad.
 “Le veremos tal como él es”; “Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo.” El gozo de la presente comunión y la esperanza de la visión beatífica, son un urgente motivo para la pureza de corazón y de vida. 
¡Señor, limpia nuestro corazón para que podamos verte!           Charles Spurgeon