sábado, 20 de julio de 2019

Cumplirá el deseo de los que le temen



“Cumplirá el deseo de los que le temen; oirá asimismo el clamor de ellos, y los salvará.” Salmo 145: 19.

Su propio Espíritu ha obrado este deseo en nosotros, y por tanto, lo satisfará.
 Es Su propia vida interior la que incita el clamor, y, por ello, lo oirá.
 Los que le temen son hombres que están bajo la más santa influencia, y, por ello, su deseo es glorificar a Dios, y gozar de Él para siempre.
 Como Daniel, son hombres de deseos, y el Señor los conducirá a cumplir sus aspiraciones. 
Los deseos santos son gracia en la hierba, y el Labrador celestial los cultivará hasta que lleguen a ser grano lleno en la espiga. 
Los hombres temerosos de Dios desean ser santos, ser útiles, ser una bendición para otros, y así honrar a su Señor.
 Ellos desean provisiones para sus necesidades, ayudas cuando están bajo el peso de sus cargas, guía en medio de la perplejidad, liberación en la calamidad; y algunas veces este deseo es tan fuerte, y su caso es tan apremiante, que claman en agonía, como niños pequeñitos que sufren dolor, y entonces el Señor obra de una manera sumamente integral, y hace todo lo que es necesario, de conformidad a Su palabra: “Y los salvará”. 
Sí, si tememos a Dios, no debemos temer nada más; si clamamos al Señor, nuestra salvación es cierta. El lector ha de poner este texto en su lengua, y ha de conservarlo en su boca todo el día, y será para él como “una hojuela con miel”.

Charles H. Spurgeon


martes, 11 de junio de 2019

“Y al que a mí viene, no le echo fuera.” Juan 6: 3


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 ¿Hay algún caso en el que nuestro Señor hubiere echado fuera a alguien que viniera a Él?
 Si existiera un caso así, nos gustaría conocerlo; pero no ha habido ningún caso, y nunca lo habrá. 
Entre las almas perdidas en el infierno no hay una sola que pudiera decir: “yo vine a Jesús, y Él me rechazó.” 
No es posible que tú o yo fuéramos los primeros a quienes Jesús no les cumpla Su palabra. 
No abriguemos una sospecha tan oscura.
 Supongan que acudimos a Jesús en relación a nuestros males de hoy. 
De esto podemos estar seguros: Él no nos denegará una audiencia, ni nos echará fuera.
 Aquellos de nosotros que hemos ido con frecuencia a Él, y aquellos que no han ido nunca antes: vamos juntos, y comprobaremos que Él no cerrará en la cara de ninguno de nosotros la puerta de Su gracia. 
“Este a los pecadores recibe”, pero a nadie desecha.
 Venimos a Él en debilidad y pecado, con temblorosa fe, escaso conocimiento, y tenue esperanza; pero Él no nos echa fuera. Venimos por medio de la oración, y esa oración es imperfecta; con confesión, y esa confesión es deficiente; con alabanza, y esa alabanza no tiene muchos méritos; sin embargo, Él nos recibe. Venimos enfermos, contaminados, desgastados, e indignos; pero Él no nos echa fuera. 
Vengamos de nuevo a Él hoy, pues nunca nos echa fuera.  
 Charles Spurgeon

martes, 14 de mayo de 2019

“Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.” Mateo 5: 8.




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La pureza, la limpieza de corazón, es la cosa más importante que ha de buscarse.
 Necesitamos ser limpiados interiormente por medio del Espíritu y de la Palabra, y entonces seremos limpios exteriormente por la consagración y la obediencia. 
Hay una íntima conexión entre los afectos y el entendimiento: si amamos el mal, no podemos entender lo que es bueno. 
Si el corazón es impuro, el ojo estará empañado. ¿Cómo podrían ver a un Dios aquellos que aman las cosas profanas?
 ¡Qué privilegio tan grande es ver a Dios aquí! ¡Una mirada a Él es el cielo en la tierra!
 En Cristo Jesús los de limpio corazón ven al Padre.
 Lo vemos a Él, Su verdad, Su amor, Su propósito, Su soberanía, Su carácter del pacto, sí, lo vemos a Él mismo en Cristo.
 Pero esto es comprendido únicamente en la medida en que el pecado es mantenido fuera del corazón. Únicamente aquellos que buscan la santidad pueden clamar: “Mis ojos están siempre hacia Jehová.” El deseo de Moisés: “Te ruego que me muestres tu gloria”, puede ser cumplido únicamente conforme nos purifiquemos de toda iniquidad.
 “Le veremos tal como él es”; “Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo.” El gozo de la presente comunión y la esperanza de la visión beatífica, son un urgente motivo para la pureza de corazón y de vida. 
¡Señor, limpia nuestro corazón para que podamos verte!           Charles Spurgeon

martes, 23 de abril de 2019

D E D I C A C I Ó N M A T I N A L


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 ¡Dios Todopoderoso! Mientras cruzo el umbral de este día, yo Te confío, a mí misma alma, cuerpo, relaciones, amigos, a tu cuidado.
 Vigílame, guárdame, oriéntame, dirígeme santifícame, bendíceme. Inclina mi corazón hacia Tus caminos.
 Moldéame totalmente a imagen de Jesús, como un alfarero hace con el barro. 
Que mis labios sean un arpa bien afinada para resonar Tu alabanza. 
Haz que aquellos que me rodean me vean viviendo por Tu Espíritu, pisando el mundo bajo los pies, no conformado a las mentirosas vanidades, transformado por una mente renovada, revestido con toda la armadura de Dios, brillando como una luz que nunca disminuye, demostrando santidad en todas mis acciones.
 No permitas que ningún mal este día manche mis pensamientos, palabras, manos. 
Que yo pueda peregrinar por caminos lodosos con una vida pura de mancha u oscuridad. 
En las acciones necesarias, haz que mi afecto esté en el cielo, y mi amor elevado en llamas de fuego, mi mirada fija en cosas invisibles, mis ojos abiertos al vacío, frágiles, lejos de la tierra y sus vanidades.
 Que yo pueda consultar todas las cosas en el espejo de la eternidad, a la espera de la venida de mi Señor, oyendo el llamado de la última trompeta, avivando el nuevo cielo y la nueva tierra. 
Ordena en este día todas mis conversaciones de acuerdo con Tu sabiduría, y a la ganancia del bien común.
 No permitas que yo no sea beneficiado o hecho útil. Que yo pueda hablar cada palabra como si fuera mi última palabra, y andar cada paso como el último.
 Si mi vida fuera a terminar hoy, que este sea mi mejor día. 
Oraciones puritanas 

martes, 9 de abril de 2019

E N O R A C I Ó N


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 ¡Oh Señor!
 En oración yo me lanzo lejos, en el mundo eterno, y en este gran océano, el alma mía triunfa sobre todos los males, en las orillas de la mortalidad. El tiempo con sus diversiones alegres y decepciones crueles nunca parecen tan desconsideradas como en esta ocasión. 

En oración me veo como nada; Encuentro mi corazón buscándote con intensidad y anhelo con sed vehemente vivir para Ti. Benditos sean los fuertes vientos del Espíritu Santo que en mí apresuran, mi camino hacia la Nueva Jerusalén.

 En oración, todas las cosas aquí abajo se desvanecen, y nada parece importante, sino solamente la santidad del corazón y la salvación de los demás.

 En oración todas mis preocupaciones mundanas, miedos, angustias, desaparecen, y son de tan poca importancia como un soplo de viento.

 En oración, mi alma se regocija interiormente con pensamientos vivificados como los que Tú estás haciendo para Tu iglesia, y yo ansío que Tú obtengas un grandioso nombre de los pecadores que vuelven a Sion.

 En oración yo soy elevado por encima de los ceños fruncidos y lisonjas de la vida, y saboreo las alegrías celestiales; entrando en el mundo eterno yo puedo entregarme a Ti con todo mi corazón, para ser Tuyo para siempre.  

En oración yo puedo colocar todas mis preocupaciones en Tus manos, y estar a Tu entera disposición, no teniendo ninguna voluntad o interés propio.

 En oración yo puedo interceder por mis amigos, ministros, pecadores, iglesia, Tu Reino venidero, con mayor libertad, esperanzas ardientes, como un hijo a su padre, como alguien que ama a su amado. 

Ayúdame a estar siempre en oración y nunca dejar de orar.

Oraciones puritanas

viernes, 5 de abril de 2019

La gran importancia de perseverar en oración

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También les refirió una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar, diciendo: Había en una ciudad un juez, que ni temía a Dios, ni respetaba a hombre. Había también en aquella ciudad una viuda, la cual venía a él, diciendo: Hazme justicia de mi adversario. Y él no quiso por algún tiempo; pero después de esto dijo dentro de sí: Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre, sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia. Y dijo el Señor: Oíd lo que dijo el juez injusto. ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra? (Lucas 18:1-8).
Estos versículos nos enseñan la gran importancia de perseverar en oración. Nuestro Señor transmite esta lección contando la historia de una viuda sin amigos que consiguió, a fuerza de una gran importunidad, que un juez malvado hiciera justicia. “Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre—dijo el juez injusto—, sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia”. Nuestro Señor mismo aporta la aplicación de la parábola: “Oíd lo que dijo el juez injusto. ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche?”. Si la importunidad consigue tanto de un hombre malo, ¡cuánto más conseguirá para los hijos de Dios de parte del Juez justo, su Padre celestial!
El asunto de la oración debería interesar a los cristianos. La oración es el aliento vital mismo del cristianismo genuino. Aquí es donde comienza la religión. Aquí florece. Aquí decae. La oración es una de las primeras evidencias de la conversión (Hechos 9:11). No orar es el camino seguro a la caída (Mateo 26:40-41). Todo lo que arroja luz sobre la cuestión de la oración es saludable para nuestra alma.
Por tanto, grábese profundamente en nuestras mentes que es mucho más fácil comenzar con el hábito de la oración que conservarlo. El temor a la muerte, algún remordimiento de conciencia transitorio, algunos sentimientos de emoción pueden hacer que alguien comience a orar inmediatamente, pero continuar orando requiere fe. Tenemos tendencia a cansarnos y a ceder a la sugerencia de Satanás de que no vale para nada. Y es entonces cuando debemos recordar con cuidado la parábola que tenemos delante. Recordemos que nuestro Señor nos dijo expresamente que debíamos “orar siempre, y no desmayar”.
¿Sentimos siempre una inclinación secreta a ir rápido en nuestras oraciones, a descuidarlas o hasta omitirlas? Cuando este ocurre, sin duda es una tentación directa del diablo. Está tratando de socavar y minar la ciudadela misma de nuestras almas y hacernos descender al Infierno. Resistamos la tentación y démosle la espalda. Decidamos orar con firmeza, paciencia y perseverancia, y nunca dudemos de que nos hace bien. Por mucho tiempo que tarde en llegar la respuesta, sigamos orando. Independientemente del sacrificio y la negación de mí mismo que suponga, continuemos orando: “Orad sin cesar”, “perseverad en la oración” (1 Tesalonicenses 5:17; Colosenses 4:2). Armemos nuestras mentes con esta parábola y, mientras vivamos, entre todas las cosas a las que dedicamos tiempo, apartemos tiempo para orar.   J.C. Ryle

viernes, 22 de marzo de 2019

El Médico por excelencia

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Y Leví le ofreció un gran banquete en su casa; y había un grupo grande de recaudadores de impuestos y de otros que estaban sentados a la mesa con ellos. Y los fariseos y sus escribas se quejaban a los discípulos de Jesús, diciendo: ¿Por qué coméis y bebéis con los recaudadores de impuestos y con los pecadores? Respondiendo Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los que están enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento (Lucas 5:29-32).
Uno de los principales oficios de Cristo es el de Médico. A los escribas y fariseos les parecía mal que Él comiera y bebiera con los publicanos y pecadores. Pero “al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos”.
El Señor Jesús no vino a este mundo, como algunos suponen, para no ser nada más que un legislador, un rey, un maestro y un ejemplo. Si este hubiera sido el único propósito de su venida, habría resultado poco consolador para el hombre. Las dietas y las normas de vida están muy bien para el convaleciente, pero no sirven para aquel que tiene una enfermedad mortal. Un maestro y un ejemplo pueden bastar para un ser no caído como Adán en el huerto de Edén. Pero los pecadores caídos como nosotros necesitan primero ser sanados antes de poder apreciar las normas.
El Señor Jesús vino al mundo para ser médico además de maestro. Conocía las necesidades de la naturaleza humana. Nos veía enfermos de una enfermedad mortal, derribados por la plaga del pecado y extinguiéndonos día a día. Tuvo misericordia de nosotros y descendió para traernos medicina divina para nuestra liberación. Vino para dar salud y curar a los moribundos, para sanar a los quebrantados de corazón y dar fuerza a los débiles. No hay alma alguna enferma por el pecado que se haya alejado demasiado de Él. Se gloría en sanar y hacer volver a la vida a los casos más desesperados. El gran Médico de las almas se basta en cuanto a destreza infalible, sensibilidad incansable y larga experiencia junto a la enfermedad espiritual del hombre. No hay nadie como Él.
¿Pero qué conocemos nosotros de este oficio especial de Cristo? ¿Hemos reconocido nuestra enfermedad espiritual y acudido a Él en busca de liberación?
Necesitamos que se nos recuerde constantemente que Jesús no vino meramente como maestro, sino como el Salvador de lo que estaba completamente perdido, y que solo pueden recibir beneficio de Él aquellos que confiesen que están perdidos, arruinados y sin esperanza, y que son unos miserables pecadores.
Utilicemos esta tremenda verdad si no lo hemos hecho ya. ¿Somo consciente de nuestra propia maldad e impiedad? ¿Pensamos que no merecemos nada más que ira y condenación? Después, comprendamos que somos las personas por quienes Jesús vino al mundo. Si nos consideramos justos, Cristo no tiene nada que decirnos. Pero, si nos consideramos pecadores, Cristo nos llama al arrepentimiento. Que el llamamiento no sea en vano.     J.C. Ryle