lunes, 25 de febrero de 2019

El arma principal que debemos utilizar para resistir a Satanás


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Mateo 4:1-11
Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo. Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre. Y vino a él el tentador, y le dijo: Si eres el Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan. El respondió y dijo: Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Entonces el diablo le llevó a la santa ciudad, y le puso sobre el pináculo del templo, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está:
A sus ángeles mandará acerca de ti, y
En sus manos te sostendrán,
Para que no tropieces con tu pie en piedra.
Jesús le dijo: Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios. Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorares. Entonces Jesús le dijo: Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás. El diablo entonces le dejó; y he aquí vinieron ángeles y le servían.
El arma principal que debemos utilizar para resistir a Satanás es la Biblia. Tres veces le ofreció el gran enemigo tentaciones a nuestro Señor. Tres veces su ofrecimiento fue rechazado, con un texto de la Escritura como razón: “Escrito está”.
Aquí tenemos una de las muchas razones por que debiéramos ser lectores diligentes de nuestras Biblias: la Palabra es “la espada del Espíritu”; nunca pelearemos una buena batalla si no la empleamos como arma principal. La Palabra es la “lámpara” de nuestros pies; nunca podremos seguir el camino del Rey que lleva al Cielo si no caminamos bajo su luz (Efesios 6:17; Salmo 119:105). 
Es de temer que no nos dedicamos suficientemente a la lectura de la Biblia. No basta tener el Libro: debemos leerlo, y orar por nuestra lectura. No nos servirá de nada si siempre está cerrado en nuestras casas: debemos estar familiarizados con su contenido, y conservar sus textos en nuestra memoria y en nuestra mente. El conocimiento de la Biblia nunca se produce por intuición; sólo se consigue mediante una lectura concienzuda, regular, diaria, atenta y despierta. El tiempo y el esfuerzo que esto nos lleva, ¿los damos de mala gana? Si es así, aún no somos aptos para el Reino de Dios.
Aprendamos de este sencillo acto, aunque no aprendamos nada más de esta maravillosa historia, la excelsa autoridad de la Biblia y el inmenso valor de un conocimiento de su contenido.
 Leámosla, investiguemos en ella, oremos con ella con diligencia, perseverancia y sin desmayar. Esforcémonos por estar tan familiarizados con sus páginas que sus textos vengan a nuestra memoria y los tengamos a punto en nuestra mano cuando los necesitemos. Que podamos enfrentarnos a cualquier perversión y falsa interpretación de su significado con aquellos miles de pasajes claros que están escritos y que son como un rayo de sol.
 La Biblia es en verdad una espada, pero debemos prestar atención para conocerla bien y poder utilizarla con eficacia.
Aprendamos, por último, que Salvador tan compasivo es el Señor Jesucristo. “En cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (Hebreos 2:18).
La compasión de Jesús es una verdad que debería tener especial valor para los creyentes, pues en ella encontrarán una mina de gran consuelo. No deberían olvidar nunca que tienen un poderoso Amigo en el Cielo, que se compadece de ellos en todas sus tentaciones y puede compartir todas sus ansiedades espirituales. ¿Son tentados alguna vez por Satanás a desconfiar del amor y la bondad de Dios? También lo fue Jesús. ¿Son tentados alguna vez a dar por supuesta la misericordia de Dios y ponerse en peligro de forma injustificada? También lo fue Jesús. ¿Son tentados alguna vez a cometer un pecado personal por lo que parece ser una buena consecuencia? También lo fue Jesús. ¿Son tentados alguna vez a prestar su oído a una aplicación incorrecta de la Escritura, como excusa para hacer algo mal? También lo fue Jesús. Él es justo el Salvador que necesita un pueblo que es tentado. Que acudan a Él por ayuda, y expongan delante de Él todos sus problemas; hallarán su oído siempre preparado para escuchar, y su corazón siempre preparado para tener compasión: Él puede comprender sus aflicciones.
¡Ojalá todos lleguemos a conocer, en nuestra experiencia, el valor de un Salvador compasivo! 
No hay nada en este frío y engañoso mundo que se le pueda comparar. Aquellos que buscan su felicidad solamente en esta vida, y rechazan la religión de la Biblia, no tienen ni idea de lo que se están perdiendo: el verdadero bienestar.   J.C. Ryle

martes, 5 de febrero de 2019

Siempre te ayudaré


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“Siempre te ayudaré”. Isaías 41:10
La promesa de ayer nos aseguró las fuerzas para lo que teníamos que hacer, pero esta nos garantiza ayuda en casos en que no podemos actuar solos.
 El Señor dice “te ayudaré”: la fuerza interior recibe el suplemento de la ayuda externa. Dios nos puede levantar aliados en nuestra guerra si le parece bien hacerlo; y si no nos manda auxilio humano, Él mismo estará a nuestro lado, lo cual es aún mejor. Nuestro estupendo Aliado es mejor que legiones de ayudadores mortales.
Su ayuda es oportuna: “Nuestro pronto auxilio en las tribulaciones”. 
Su ayuda es clarividente: Él sabe dar a cada hombre el auxilio conveniente y apto para él. 
Su ayuda es muy eficaz, aunque “vana es la ayuda del hombre”.
 Su ayuda es más que ayuda: porque Él lleva toda la carga y suple toda carencia.
 “El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer le hombre”.
Puesto que ya ha sido nuestro socorro, tenemos confianza en Él para lo presente y lo futuro.
 Nuestra oración es: “Jehová, sé tú mi ayudador”; nuestra experiencia es: “El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad”; nuestra esperanza es: “Alzaré mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene de Jehová”; y nuestra canción pronto será: “Jehová, me ayudaste”.    C.H. Spurgeon

jueves, 15 de noviembre de 2018

El que encubre sus pecados



El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia (Proverbios 28:13).
Este es el camino hacia la misericordia para un pecador culpable y arrepentido: tiene que abandonar la costumbre de encubrir el pecado.
 Esto intentamos hacerlo con la mentira—que niega dicho pecado—
 con la hipocresía—que lo oculta—
 con la jactancia—que lo justifica—
y con una ostentosa profesión de piedad, que procura compensarlo.
El deber del pecador es confesar su pecado y apartarse de él. Las dos cosas van juntas: la confesión tiene que hacerse rectamente al Señor mismo, y ha de incluir un reconocimiento de la culpa, una comprensión de la maldad de esta y un aborrecimiento de ella. No debemos culpar a otros, ni a las circunstancias, ni disculparnos con nuestra debilidad natural; tenemos que descargar la conciencia y confesarnos culpables del delito: no puede haber misericordia hasta que hayamos hecho esto.
Además, debemos apartarnos del pecado: una vez reconocida nuestra falta, tenemos que renunciar a toda intención presente o futura de seguir en ella. No podemos continuar en rebeldía y al mismo tiempo morar con el Rey en su majestad. Hay que abandonar la costumbre del pecado, así como todos los lugares, compañeros, ocupaciones o libros que nos puedan desviar. 
Obtenemos el perdón, no por la confesión o la reforma, sino en conexión con ellas, por la fe en la sangre de Jesús.  C.H. Spurgeon

martes, 6 de noviembre de 2018

Cosas mayores que estas verás

“Cosas mayores que estas verás.” Juan 1: 50.



 Esto fue dicho a un creyente semejante a un niño, que estaba listo a aceptar a Jesús como el Hijo de Dios, el Rey de Israel, sobre la base de un solo argumento convincente. 
Aquellos que están dispuestos a ver, verán: es debido a que nosotros cerramos nuestros ojos que nos volvemos tan tristemente ciegos. 
Hemos visto demasiado. Cosas grandes e inescrutables nos ha mostrado el Señor, por las cuales alabamos Su nombre; pero hay mayores verdades en Su Palabra, mayores profundidades de experiencia, mayores alturas de comunión, mayores obras de utilidad, mayores descubrimientos de poder, y amor, y sabiduría. Todas estas cosas hemos de ver todavía si estamos dispuestos a creer a nuestro Señor.
 La facultad de inventar falsa doctrina es ruinosa, pero el poder de ver la verdad es una bendición.
 El cielo será abierto para nosotros, el camino hacia allá será allanado para nosotros en el Hijo del hombre, y el comercio angélico que ocurre entre el reino superior y el reino inferior nos será manifestado.
 Mantengamos nuestros ojos abiertos a los objetivos espirituales, y esperemos ver más y más. Hemos de creer que nuestras vidas no se gastarán hasta convertirse en nada, sino que estaremos siempre creciendo, viendo cosas mayores y mayores cada vez, hasta contemplar al mismo Gran Dios y no perderlo de vista nunca más.
Charles H. Spurgeon

martes, 30 de octubre de 2018

La gran importancia de perseverar en oración

La gran importancia de perseverar en oración 


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También les refirió una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar, diciendo: Había en una ciudad un juez, que ni temía a Dios, ni respetaba a hombre. Había también en aquella ciudad una viuda, la cual venía a él, diciendo: Hazme justicia de mi adversario. Y él no quiso por algún tiempo; pero después de esto dijo dentro de sí: Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre, sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia. Y dijo el Señor: Oíd lo que dijo el juez injusto. ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra? (Lucas 18:1-8).
Estos versículos nos enseñan la gran importancia de perseverar en oración. Nuestro Señor transmite esta lección contando la historia de una viuda sin amigos que consiguió, a fuerza de una gran importunidad, que un juez malvado hiciera justicia. “Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre—dijo el juez injusto—, sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia”. Nuestro Señor mismo aporta la aplicación de la parábola: “Oíd lo que dijo el juez injusto. ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche?”. Si la importunidad consigue tanto de un hombre malo, ¡cuánto más conseguirá para los hijos de Dios de parte del Juez justo, su Padre celestial!
El asunto de la oración debería interesar a los cristianos. La oración es el aliento vital mismo del cristianismo genuino. Aquí es donde comienza la religión. Aquí florece. Aquí decae. La oración es una de las primeras evidencias de la conversión (Hechos 9:11). No orar es el camino seguro a la caída (Mateo 26:40-41). Todo lo que arroja luz sobre la cuestión de la oración es saludable para nuestra alma.
Por tanto, grábese profundamente en nuestras mentes que es mucho más fácil comenzar con el hábito de la oración que conservarlo. El temor a la muerte, algún remordimiento de conciencia transitorio, algunos sentimientos de emoción pueden hacer que alguien comience a orar inmediatamente, pero continuar orando requiere fe. Tenemos tendencia a cansarnos y a ceder a la sugerencia de Satanás de que no vale para nada. Y es entonces cuando debemos recordar con cuidado la parábola que tenemos delante. Recordemos que nuestro Señor nos dijo expresamente que debíamos “orar siempre, y no desmayar”.
¿Sentimos siempre una inclinación secreta a ir rápido en nuestras oraciones, a descuidarlas o hasta omitirlas? Cuando este ocurre, sin duda es una tentación directa del diablo. Está tratando de socavar y minar la ciudadela misma de nuestras almas y hacernos descender al Infierno. Resistamos la tentación y démosle la espalda. Decidamos orar con firmeza, paciencia y perseverancia, y nunca dudemos de que nos hace bien. Por mucho tiempo que tarde en llegar la respuesta, sigamos orando. Independientemente del sacrificio y la negación de mí mismo que suponga, continuemos orando: “Orad sin cesar”, “perseverad en la oración” (1 Tesalonicenses 5:17; Colosenses 4:2). Armemos nuestras mentes con esta parábola y, mientras vivamos, entre todas las cosas a las que dedicamos tiempo, apartemos tiempo para orar.  por J.C. Ryle

jueves, 25 de octubre de 2018

¡Que Salvador tan compasivo es el Señor Jesucristo!





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Aprendamos que Salvador tan compasivo es el Señor Jesucristo. “En cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados”(Hebreos 2:18).
La compasión de Jesús es una verdad que debería tener especial valor para los creyentes, pues en ella encontrarán una mina de gran consuelo. 
No deberían olvidar nunca que tienen un poderoso Amigo en el Cielo, que se compadece de ellos en todas sus tentaciones y puede compartir todas sus ansiedades espirituales.
 ¿Son tentados alguna vez por Satanás a desconfiar del amor y la bondad de Dios? También lo fue Jesús. 
¿Son tentados alguna vez a dar por supuesta la misericordia de Dios y ponerse en peligro de forma injustificada? También lo fue Jesús.
 ¿Son tentados alguna vez a cometer un pecado personal por lo que parece ser una buena consecuencia? También lo fue Jesús. 
¿Son tentados alguna vez a prestar su oído a una aplicación incorrecta de la Escritura, como excusa para hacer algo mal? También lo fue Jesús.
 Él es justo el Salvador que necesita un pueblo que es tentado. Que acudan a Él por ayuda, y expongan delante de Él todos sus problemas; hallarán su oído siempre preparado para escuchar, y su corazón siempre preparado para tener compasión: Él puede comprender sus aflicciones.
¡Ojalá todos lleguemos a conocer, en nuestra experiencia, el valor de un Salvador compasivo!
 No hay nada en este frío y engañoso mundo que se le pueda comparar. Aquellos que buscan su felicidad solamente en esta vida, y rechazan la religión de la Biblia, no tienen ni idea de lo que se están perdiendo: el verdadero bienestar.  por J.C. Ryle

jueves, 20 de septiembre de 2018

Mejor es la reprensión franca que el amor encubierto

Mejor es la reprensión franca que el amor encubierto

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“Mejor es la reprensión franca que el amor encubierto” (Prov. 27:5).
Hay dos cualidades muy necesarias en un amigo: el amor y la fidelidad; y esta última es primordial para que nuestras amistades resulten realmente beneficiosas para nosotros. Hay algunos que nos aman con sinceridad y calidez, pero carecen del coraje necesario para ser fieles a la hora de reprendernos cuando lo merecemos. Sin embargo, la reprensión, aunque sea severa e hiriente, es mejor que un amor que no se revela en forma de reprensiones necesarias.
El verdadero amigo no divulgará nuestras faltas a los cuatro vientos, pero tampoco las justificará para salvar nuestra reputación; porque la virtud es la esencia de la verdadera amistad y no debe infringirse por amor a nuestros amigos más queridos. Por tanto, debemos valorar a aquel amigo que hace sus reprensiones tan públicas como sean nuestras faltas, y que no escatima a la hora de decirnos sin rodeos en nuestra cara en qué hemos errado, porque da buena prueba de que aprecia nuestro auténtico bienestar por encima de su interés particular por nosotros. El amigo que nos ama, pero tiene miedo de reprendernos cuando lo merecemos, no demuestra tener muy alta estima de nuestro sentido común y nuestro carácter, porque parece que nos cree incapaces de soportar la reprensión y prefiere disfrutar de nuestras sonrisas que hacernos un servicio fundamental.
Nuestro Señor amaba a sus Apóstoles con mucha ternura, y los regañaba con admirable prudencia y bondad cada vez que lo necesitaban. Él jamás quiso tolerar el pecado entre ellos, sino que los reprendía de tal forma que su amor hacia Él fuera en aumento y que no disminuyera. Aprendamos, pues, de este proverbio a ejercer la fidelidad de la amistad con aquellos a quienes amamos, y a agradecer a nuestros amigos cuando demuestren la sinceridad de su cariño al preocuparse por nuestras almas. Deberíamos valorar la sinceridad por encima de la cortesía, y disculpar los pequeños defectos en esta última cualidad por amor a la primera.
Extracto de “Comentario a Proverbios” por George Lawson