lunes, 9 de julio de 2018

Cuidémonos de quejarnos bajo la aflicción

Cuidémonos de quejarnos bajo la aflicción

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Vemos la gran bendición para el alma del hombre, que puede ser la aflicción.
Marcos 2:10, “Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados”.
Se nos dice que llevaron hasta nuestro Señor a un enfermo de parálisis para que fuera sanado. Desvalido e impotente fue llevado en su cama por cuatro amables amigos y dejado en medio del lugar donde Jesús estaba predicando. Inmediatamente se cumplió el deseo del alma del hombre. El gran Médico del alma y del cuerpo le vio y le proporcionó pronta liberación. Le restauró la salud y la fuerza. Le proporcionó la bendición más grande: el perdón de los pecados. En resumen, el hombre que había sido llevado desde su casa hasta Él aquella mañana débil, dependiente y postrado tanto en cuerpo como en alma regresó a su casa gozoso.
¿Quién puede dudar de que al final de sus días este hombre daría gracias a Dios por su parálisis? Sin ella, probablemente habría vivido y muerto en ignorancia y nunca habría visto a Cristo. Sin ella, probablemente habría estado cuidando de sus ovejas en las verdes colinas de Galilea toda su vida, nunca habría sido llevado a Cristo y nunca habría escuchado aquellas benditas palabras: “Tus pecados te son perdonados”. Su parálisis fue en verdad una bendición. ¿Quién podía decir que sería el comienzo de la vida eterna para su alma?
¡Cuántos en cada época pueden dar testimonio de que la experiencia de este paralítico ha sido la suya propia! Han aprendido sabiduría por medio de su aflicción. Las aflicciones acaban en misericordia. Hay pérdidas que acaban siendo verdaderas ganancias. Hay enfermedades que conducen hasta el gran Médico de las almas, que conducen a la Biblia ocultando el mundo, mostrándoles su propia necedad y enseñándoles a orar. Miles de personas pueden decir como David: “Bueno me es haber sido humillado, para que aprenda tus estatutos” (Salmo 119:71).
Evitemos quejarnos cuando estamos afligidos. Podemos estar seguros de que hay una necesidad para cada cruz y una sabia razón para cada prueba. Toda enfermedad y tristeza es un mensaje misericordioso de Dios y tiene el propósito de llamarnos a acercarnos a Él. Oremos para aprender la lección de que cada aflicción nos enseña algo. “Mirad que no desechéis al que habla”.
Vemos el poder sacerdotal para perdonar pecados que posee nuestro Señor Jesucristo.
Leemos que nuestro Señor le dijo al paralítico: “Hijo, tus pecados te son perdonados”. Le dijo estas palabras con un sentido. Conocía los corazones de los escribas que le rodeaban. Trataba de mostrarles que Él afirmaba ser el verdadero Sumo Sacerdote y tener el poder de absolver a los pecadores, aunque entonces rara vez se expresó así. Pero les dijo expresamente que tenía ese poder. Les dice: “El Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados”. All decir “tus pecados te son perdonados”, solo había ejercido el oficio que le correspondía.
¡Consideremos lo grande que ha de ser la autoridad de Aquel que tiene poder para perdonar pecados! Eso nadie puede hacerlo salvo Dios. Ningún ángel del Cielo, ningún hombre sobre la Tierra, ninguna iglesia ni concilio, ningún ministro ni denominación puede quitar de la conciencia del pecador la carga de la culpa y proporcionarle paz con Dios. Pueden señalar la fuente de todo pecado. Pueden declarar con autoridad aquellos pecados que Dios desea perdonar. Pero no pueden quitar las transgresiones. Esto es prerrogativa exclusiva de Dios y una prerrogativa que ha puesto en manos de su Hijo Jesucristo.
Pensemos por un momento en la gran bendición que es el que Jesús sea nuestro gran Sumo Sacerdote y sepamos adónde acudir en busca de absolución. Necesitamos un Sacerdote y un sacrificio entre nosotros y Dios. La conciencia exige una expiación de nuestros muchos pecados. La santidad de Dios lo hace absolutamente necesario. Sin un sacerdocio expiatorio no puede haber paz en el alma. Jesucristo es el Sacerdote preciso que necesitamos, con poder para perdonar, compasión y deseos de salvar.
Y ahora preguntémonos si hemos conocido ya al Señor Jesús como nuestro Sumo Sacerdote. ¿Hemos acudido a Él? ¿Hemos buscado su absolución? Si no, aún estamos en nuestros pecados. Nunca podremos descansar hasta que el Espíritu testifique a nuestro espíritu de que nos hemos sentado a los pies de Jesús y hemos escuchado su voz diciéndonos: “Hijo, tus pecados te son perdonados”.  J.C. Ryle

sábado, 9 de junio de 2018

Por falta de leña se apaga el fuego

Por falta de leña se apaga el fuego

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Por falta de leña se apaga el fuego, y donde no hay chismoso, se calma la contienda (Proverbios 26:20).
El chismoso es aquel que cuenta historias que no deberían divulgarse, tanto si son verdaderas como si son falsas, y tanto si las describe con exactitud como si no; y los peores son los que cuentan sus chismes a las personas más susceptibles de sentirse afrentadas y que, al mismo tiempo, no desean que se les mencione como autores de la historia o como testigos de la misma.
A veces es correcto contar los secretos; y Gedalías perdió la vida por llevar demasiado lejos su desprecio hacia este mal vicio; pero la mayor parte de los que divulgan chismes acerca de sus prójimos deben contarse no solo entre los seres más viles de la Humanidad, sino también entre los más perniciosos.
Son serpientes en el camino y víboras en la senda; son como teas encendidas en el Infierno, que prenden entre los hombres un fuego que se extiende de una persona a otra, hasta tal punto que parroquias y condados enteros corren el riesgo de incendiarse.
El que escucha al chismoso es como el que ve una casa a punto de incendiarse y no hace nada para evitarlo. El que se vuelve con rostro enojado hacia el murmurador es el mejor amigo de la Humanidad; se comporta como si llevara agua para apagar las llamas.
Sería bueno para la sociedad que estos miembros dañinos desaparecieran de ella, porque son como hombres enloquecidos que lanzan teas encendidas; pero, puesto que vivimos en un mundo donde estos incendiarios aún andan sueltos, deberíamos hacer todo lo que podamos para evitar que sigan llevándose más carbón de nuestras propias casas o tomándolo de dentro de nuestros muros.
Los chismosos no se detienen mucho a pensar en el mal que están causando ni en la dimensión de la maldad de que puede acusárseles con toda justicia, o de la desgracia que están amontonando sobre sí mismos; porque, si no se arrepienten, Dios los arrojará al horno de fuego de donde nunca se sale (cf. Sal. 141). Los rencillosos son hermanos y amigos de los chismosos, y merecen la misma censura y condenación.

Extracto de “Comentario a Proverbios” por George Lawson.

viernes, 20 de abril de 2018

El que confía en el Señor es bienaventurado

El que confía en el Señor es bienaventurado

El que pone atención a la palabra hallará el bien, y el que confía en el SEÑOR es bienaventurado (Proverbios 16:20).
No solo deberíamos evitar todo lo que sea pecaminoso e insensato y cumplir con diligencia nuestras obligaciones y nuestros deberes, sino que, del mismo modo, deberíamos hacer todo lo que emprendamos con sabiduría y discreción.
La gestión prudente de nuestros asuntos va acompañada de grandes consuelos y beneficios. Nos dará esperanzas razonables de éxito, contaremos con la estima de los demás y evitaremos las malas consecuencias que suelen resultar de la indiscreción. El nombre de David era muy admirado cuando estaba en la casa de Saúl porque se conducía prudentemente en todas las ocasiones (cf. 1 S. 18:14 RVR 1960); y el gobierno prudente de Salomón llenó de asombro a la reina de Sabá y casi le hizo envidiar a los siervos que tenían el placer de atenderle y de ver y oír su sabiduría.
En nuestra andadura religiosa se nos pide “que todo se haga decentemente y con orden” (1 Co. 14:40), de forma prudente. Esto redundará en nuestro consuelo y nuestra felicidad, la gloria del Dios de orden y la edificación del cuerpo de Cristo; y evitará que los que desean hallar ocasión contra nosotros hablen mal de nuestro bien (cf. Ro. 14:16).
Pero tanto en los asuntos del mundo como en los de Dios, no debemos confiar en nuestra propia habilidad y prudencia. Debemos mirar a Dios y depender de Él para recibir guía, ayuda y buenos resultados; porque: “la mente del hombre planea su camino, pero el SEÑOR dirige sus pasos” (Pr. 16:9).
Bienaventurado es el hombre que confía todas sus preocupaciones a las manos de Dios. Su corazón está libre de pensamientos angustiosos. Recibe toda la provisión de sabiduría y de fuerza que necesita. Dios le conduce por camino seguro y al final poseerá el santo monte del Señor (cf. Is. 57:13)
 “Comentario a Proverbios” por George Lawson.

viernes, 9 de febrero de 2018

El amor al placer

                    El amor al placer


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La juventud es el momento en que nuestras pasiones son más intensas; y, como hijos revoltosos, gritan más fuerte pidiendo que se les deje vía libre. La juventud es el momento en que generalmente tenemos más fuerza y salud, parece que la muerte es más lejana y que disfrutar de esta vida lo es todo. La juventud es el momento en que la mayoría de las personas tienen escasas preocupaciones y angustias terrenales que ocupen su atención. Y todas estas cosas contribuyen a que los jóvenes no piensen en cualquier otra cosa más que en el placer. “Sirvo a los deseos y placeres”, esa es la verdadera respuesta que debieran dar muchos jóvenes si se les preguntara: “¿A quién sirves?”.


Joven, me faltaría tiempo para contarte todos los frutos que produce este amor al placer y todas las formas en que puede dañarte. ¿Para qué hablar de las juergas, las fiestas, la bebida, el juego, el teatro, el baile y cosas semejantes? Pocos hay que no sepan de estas cosas por amarga experiencia. Y estos solo son ejemplos. Todas las cosas que producen una sensación de emoción momentánea, todo aquello que ahoga el pensamiento y mantiene a la mente en un torbellino constante, todo lo que agrada a los sentidos y es grato a la carne, esta es la clase de cosas que tienen un gran dominio en este momento de tu vida, y su poder procede del amor al placer. Mantente en guardia. No seas como aquellos de los que habla Pablo: “Amadores de los deleites más que de Dios” (2 Timoteo 3:4).


Recuerda lo que digo: si te aferras a los placeres terrenales, estas son las cosas que matan almas. No hay manera más segura de cauterizar la conciencia y tener un corazón duro e impenitente que ceder a los deseos de la carne y de la mente. No parece nada al principio, pero a la larga se note.


Considera lo que dice Pedro: “Que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma” (1 Pedro 2:11). Destruyen la paz del alma, minan su fuerza, la llevan cautiva y la esclavizan.


Considera lo que dice Pablo: “Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros” (Colosenses 3:5). “Los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (Gálatas 5:24). “Golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre” (1 Corintios 9:27). En un tiempo el cuerpo fue la mansión perfecta del alma; ahora está completamente corrompido y desordenado y exige vigilancia continua. Es una carga para el alma; no un buen acompañante sino un estorbo, no una ayuda. Puede convertirse en un siervo útil, pero siempre es un mal amo.


Considera nuevamente las palabras de Pablo: “Vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne” (Romanos 13:14). “Estas —dice Leighton—son las palabras cuya lectura afectó tanto a S. Agustín que, de ser un joven licencioso, pasó a ser un fiel siervo de Jesucristo”. Joven, deseo que este sea tu caso.


Recuerda nuevamente, que si te aferras a los placeres terrenales, todos son insatisfactorios, vacíos y vanos. Como las langostas de la visión que tenemos en el Apocalipsis, parecen tener coronas en sus cabezas; pero, como esas mismas langostas, descubrirás que tienen aguijones, verdaderos aguijones, en sus colas. No es oro todo lo que reluce. No es bueno todo lo que sabe dulce. No es un placer verdadero todo lo que complace momentáneamente.


Ve y tomo tu porción de placeres terrenales si así lo deseas; tu corazón jamás quedará satisfecho con ellos. Siempre habrá una voz en tu interior que clama, como las hijas de la sanguijuela de Proverbios: “¡Dame! ¡Dame!”. Hay un hueco que solo Dios puede llenar. Descubrirás, como hizo Salomón por experiencia, que los placeres terrenales no son más que un vano espectáculo; vanidad y aflicción de espíritu; sepulcros blanqueados, hermosos a la vista por fuera pero llenos de cenizas y corrupción. Mejor ser sabio a tiempo. Mejor escribir “veneno”en todos los placeres terrenales. El más legítimo de ellos debe utilizarse con moderación. Todos ellos destruyen el alma si les entregas tu corazón5.


Y aquí no tengo reparo en advertir a todos los jóvenes que deben recordar el séptimo mandamiento y cuidarse de todo adulterio, de toda fornicación e impureza de cualquier tipo. Me temo que a menudo falta franqueza al hablar de esta parte de la Ley de Dios. Pero cuando veo cómo han tratado esta cuestión los profetas y los apóstoles; cuando observo la claridad con que la denuncian los propios reformadores de nuestra Iglesia; cuando veo el número de jóvenes que siguen los pasos de Rubén, Ofni, Finees y Amnón; no puedo callarme y tener la conciencia tranquila. Dudo que el mundo sea mejor por el excesivo silencio que rodea a este mandamiento. En lo que a µi concierne, creo que sería una falsa delicadeza y contraria a la Escritura el dirigirse a los jóvenes sin hablar de lo que es “el pecado del joven por excelencia”.


El quebrantamiento del séptimo mandamiento es el pecado que, como dice Oseas, “[quita] el juicio” más que ningún otro (Oseas 4:11). Es el pecado que deja cicatrices mæás profundas en el alma que cualquier otro que cometa el hombre. Es un pecado que mata a miles en todas las épocas y que ha derribado a no pocos santos de Dios en el pasado. Lot, Sansón y David son terribles pruebas de ello. Es el pecado al que el hombre se atreve a sonreír y que suaviza con los nombres de diversión, inseguridad, insensatez y desliz esporádico. Pero es el pecado en el que el diablo se regocija particularmente, puesto que él es el “espíritu inmundo”, y es el pecado que Dios abomina particularmente y declara que “juzgará” (Hebreos 13:4).


Joven, “[huye] de la fornicación” (1 Corintios 6:18) si amas la vida. “Nadie os engañe con palabras vanas, porque por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia” (Efesios 5:6). Huye de sus oportunidades, de la campañía de aquellos que pueden inducirte a ella, de los lugares donde puedas ser tentado a ella. Lee lo que dice nuestro Señor acerca de ella en Mateo 5:28. Sé como el santo Job: “[Haz] pacto con [tus] ojos” (Job 31:1). Evita hablar de ella. Es una de las cosas que no deben nombrarse siquiera. No se puede jugar con brea sin mancharse. Evita los pensamientosrelacionados con ella: resístelos, mortifícalos, ora contra ellos, haz cualquier sacrificio antes que ceder. La imaginación es a menudo el caldo de cultivo donde germina el pecado. Vigila tus pensamientos y habrá poco que temer en cuanto a tus actos.


Extracto de “Pensamientos para jóvenes” por J.C. Ryle. 

sábado, 25 de febrero de 2017

"El impío es derribado por su maldad, pero el justo tiene un refugio cuando muere" Proverbios 14:32


Todos tenemos que morir, pero hay una inmensa diferencia entre la muerte del justo y la del impío. Esta diferencia no siempre puede discernirse a simplie vista, pero es real y muy amplia, tanto como la distancia que separa el Cielo del infierno. El impio es "... echado fuera del mundo" (Job 18:18), que es donde está su porción, y todas sus esperanzas se circunscriben a un espacio de pura desgracia y de desesperación permanente. Vivió en pecado y muere en él, y sus errores yacen a su lado en el polvo y son el alimento eterno para el gusano que nunca morirá y combustible para el fuego que nunca se apagará (Is. 66:24). Aunque muera tan tranquilo como un corderito, eso no disminuye su desgracia, sino que solo la suspende durante unos momentos; aunque alimente hasta el final su mente vana con la esperanza de ir al Cielo, sin embargo muere en una angustia sin esperanza.
"Pero el justo tiene un refugio cuando muere". El justo cree en Cristo y no muere en sus pecados (Jn 8:24). Su muerte es la destrucción del pecado, que tantos problemas le dio a la largo de su vida. Deja este mundo y su propio cuerpo, pero va a un lugar mejor, donde estará ausente del cuerpo y presente al Señor (2 Co. 5:8). Su muerte está llena de esperanza porque sabe que va a estar con Cristo, lo cual es mucho mejor que las mejores cosas que pudiera esperar o desear en la tierra (Fil. 1:23). Sus esperanzas pueden ser debiles y lánguidas, pero sigue teniendo tanta confianza en Cristo como para poner el alma en sus manos; y si su fe se mezcla con temores, estos se desvanecerán como una nube fina, y las ansiedades que le acosen cuando esté abandonando su cuerpo aumentarán el gozo triunfante que sentirá cuando los ángeles aparezcan para conducir su alma a esas regiones donde el temor y el dolor desaparecen para siempre. El impío ve la muerte como una sierva sombría enviada para arrestarle por sus delitos; pero para los creyentes es como los carros de José que llegaron para conducir a Jacob hasta donde se encontraba su hijo más querido.
Los impíos son desdichados a lo largo de la vida, porque no hay más que un paso entre ellos y el rey de los terrores. Los justos gozan de bendición en sus vidas porque su salvación está más cerca cada día (Ro. 13:11). En su muerte reciben mucha bendición, porque para ellos el morir es Cristo (Fil. 1:21). Ahora son salvos en esperanza (Ro. 8:24), y después morirán en ella y disfrutarán durante toda la eternidad de aquello que aguardaron con esperanza.   

Comentario a Proverbios. George Lawson.

martes, 17 de mayo de 2016

La oración y los puritanos

Dr. Joel Beeke
1. Los puritanos son hoy famosos por la importancia que daban a la adoración corporativa y la familiar. ¿Habrían integrado también la adoración privada (o los devocionales personales) en sus vidas? ¿En qué habría consistido esa adoración?

Los puritanos consideraban los devocionales personales como la raíz de la adoración familiar y pública. El Manual para la adoración familiar comienza, de hecho, recomendando la «adoración secreta» como «lo más necesario» cuando cada individuo se dedica a «la oración y la meditación» como medio especial de «comunión con Dios». Pastores y padres —afirmaba— deberían exhortar «a todo tipo de personas a realizar este deber por la mañana y por la noche».
Los elementos principales de los devocionales personales son la meditación en la palabra y la oración a Dios. La meditación alimenta el alma con la Palabra para el servicio diario a Dios. Thomas Manton declaró: «Aquel que trabaja debe tomar sus comidas, de otro modo se desmayaría. Los fuegos pintados no necesitan combustibles». Y John Cotton dijo: «Aliméntate de la Palabra y esto hará que te regocijes [o nos regocijemos] en la Palabra».
2. Matthew Henry escribió un libro muy popular sobre la oración y, entre sus primeras directrices, encontramos: «Empieza cada día con Dios». ¿Qué habrían dicho los puritanos si alguien les hubiera sugerido que la Biblia no ordena devocionales diarios ni una adoración privada diaria?
Mantón afirmó: «aunque no existe una norma expresa establecida de forma particular en cuanto a la frecuencia con la que deberíamos estar con Dios», los mandamientos y las llamadas de Dios a la oración «son muy extensas». Señaló que la Palabra nos ordena «orar sin cesar» (1 Ts. 5.17) y «orar en todo tiempo» (Ef. 6:18). Esto implica un hábito continuo de oración y, también tiempos que se dedican especialmente a la oración. Nos ofreció los ejemplos de David (Sal. 55:17) y de Daniel (Dn. 6:10); ambos oraban tres veces al día. Es verdad que podemos elevar oraciones repentinas (Neh. 2:4) en medio de nuestro trabajo ordinario. Pero también debemos «luchar» en oración (Ro. 15:30), lo que implica un tiempo más extenso dedicado de forma exclusiva a la oración. Algunos de esos tiempos más largos son con la familia o con la iglesia, pero Cristo nos enseñó de manera específica a orar a solas en un lugar secreto (Mt. 6:6), y, en ese mismo contexto, a orar «cada día» (Mt. 6:11). No deberíamos considerar la oración como un mero deber religioso, y preguntar: «¿Con cuánta frecuencia tengo que hacerlo?». En vez de ello, Manton afirmó que la oración es la conversación de «un alma amante con Dios», y «los actos de amistad y comunión no deberían ser escasos y poco frecuentes, sino constantes y a menudo». Escribió: «Si sentimos amor por Dios, no podremos pasar mucho tiempo fuera de su compañía, sino que estaremos junto a él, derramándole nuestro corazón».
3. En el mundo cristiano se ha hablado mucho, recientemente, sobre la importancia de orar las Escrituras. Con todo, los puritanos ya lo hacían hace siglos. ¿Cómo y por qué usaban las Escrituras para orar?

La Reforma no fue tan solo un regreso a la doctrina bíblica, sino también un retorno a la espiritualidad bíblica. Un erudito escribe: «Para Lutero, la reforma consistía en cómo ora la iglesia».
Lutero alentó a las personas a dejar atrás la preocupación medieval de los santos y las vanas repeticiones en la oración y de regresar a las simples y sentidas oraciones basadas en los Salmos y en el Padrenuestro. A medida que la Reforma siguió adelante con hombres como Juan Calvino y los puritanos, Dios renovó el interés de permitir que la Palabra de Dios dirigiera la forma de orar y el contenido de la plegaria.
Las oraciones de los puritanos salían de corazones saturados de Escritura. Se deleitaban especialmente en convertir las promesas en oraciones. William Gurnall declaró: «La oración no es sino la promesa invertida». Asimismo afirmó: «Cuanto más poderoso es uno en la Palabra, más poderoso será en la oración». Este patrón de orar las Escrituras culminó en el libro de Matthew Henry, A Method for Prayer [Método para orar], donde recoge centenares de versículos bajo distintos encabezamientos para dirigir al cristiano en oración.

El Dr. Joel R. Beeke es presidente y catedrático de Teología Sistemática y Homilética en el Seminario Teológico Puritano Reformado, y pastor de la Heritage Netherlands Reformed Congregation de Grand Rapids, Michigan. Gracias al Rvdo. Paul Smalley por su ayuda en la investigación para este artículo.
Publicado en Reflexiones con permiso de Banner of Sovereign Grace Truth. Traducción de IBRNJ. Todos los derechos reservados. © 2014 IBRNJ. 
Usado con permiso de IBRNJ

martes, 10 de mayo de 2016

La adoración familiar y la santidad entre los puritanos

Una entrevista por Tim Challies
1. Cuando se oye hablar sobre los puritanos, uno imaginaría que eran duros con sus hijos, que los hacían soportar horas interminables de adoración familiar. ¿Es esto cierto?
Interminables horas de adoración familiar habría sido algo del todo imposible para la mayoría de las personas del siglo XVII. En la Nueva Inglaterra de los puritanos, muchos eran agricultores que tenían que trabajar duro para producir su alimento. Los niños también tenían mucho que hacer en la escuela, en las tareas del hogar, y trabajando junto a sus padres y madres a aprender una vocación.1 Los puritanos también se tomaban tiempo para el recreo. Disfrutaban cazando, pescando, en las competiciones de tiro y la lucha libre: dos ministros puritanos de Nueva Inglaterra fueron famosos luchadores amateurs.2 Gozaban con la música en su hogar, y poseían guitarras, clavecines, trompetas, violas, tambores y otros instrumentos.3 De modo que había mucho que hacer; los devocionales familiares eran una parte —desde luego, la más importante— de un apretado programa diario.
Los puritanos tenían por objetivo una instrucción concisa y una oración conmovedora. Samuel Lee escribió que en toda nuestra enseñanza de la familia deberíamos tener cuidado con no aburrir a los niños hablando demasiado. Los extensos devocionales sobrecargan sus pequeñas mentes; es mejor mantener su atención mediante el uso de analogías espirituales con flores, ríos, un campo de trigo, pájaros que cantan, el sol, un arcoíris, etc.4
2. Los puritanos consideraban la adoración familiar como un deber. ¿Se aseguraban los pastores puritanos de que los padres llevaran a cabo este deber? ¿Cómo ayudaban a que las familias hicieran esto bien?
Los puritanos sí se tomaban este deber muy en serio. Por ejemplo, en 1647, la Asamblea General de la Iglesia de Escocia adoptó la Confesión de Fe de Westminster. Tres días antes, habían adoptado
el Directorio para la Adoración Familiar, y habían requerido que los ancianos gobernantes y los ministros disciplinaran a los cabezas de familia que descuidaban la adoración familiar.5
En 1677, la iglesia congregacional de Dorchester, Massachusetts, que era otra rama del puritanismo, pactaron «mantener la adoración a Dios» en sus familias, «educando, instruyendo y encargándoles a nuestros hijos y nuestras familias que guarden los caminos del Señor».6
Los pastores puritanos ayudaron a las familias, en primer lugar, predicando sobre este asunto; segundo, escribiendo libros sobre la adoración familiar y los libros devocionales útiles para la adoración familiar; tercero, escribiendo catecismos simples o fomentando un catecismo oficial; y cuarto, visitando a cada familia de la iglesia y catequizando a los niños. Los padres solían invitar con frecuencia al ministro a comer con la familia. Las visitas pastorales hacían responsables a los padres revelando el nivel de conocimiento de sus hijos y también siendo modelo de lo que la adoración familiar debería ser.7
3. Sé que resulta difícil hablar de promedios, pero tal vez pudiera usted decirnos cómo eran los devocionales de las familias puritanas. ¿Cuánto tiempo les dedicaban y qué era lo que hacían durante ese tiempo?
Los puritanos no estaban demasiado a favor de un forma precisa de adoración, cualquiera que fuera su tipo, sino que establecían principios. Le piden a los padres cristianos que dirijan a sus familias en la práctica diaria de cinco pasos: (1) la lectura de las Escrituras a sus familias; (2) conducir a los hijos en la memorización y la comprensión del catecismo; (2) debatir la verdad bíblica para la edificación de tal manera que cada miembro de la familia pueda formular preguntas y compartir pensamientos; (4) orar juntos; esto incluye reconocer a Dios como Señor y Proveedor de su
familia, confesarle sus pecados a Él, dándole las gracias por sus bendiciones, presentándole sus peticiones por las necesidades y los problemas de la familia, e interceder como familia por los amigos y por la nación; y (5) cantando salmos al Señor.8
Es difícil, por no decir imposible, definir cuánto duraban los devocionales familiares promedio para los puritanos. Sin duda variaba, también según las edades de los niños. Personalmente, recomiendo de cinco a diez minutos por la mañana y entre quince y veinte minutos por la noche. Podrá obtener más detalles prácticos sobre la implementación de los devocionales en mi pequeño libro Family Worship [La adoración familiar].9
4. Usted dice: «Debemos tener cuidado con permitir influencias corruptas en nuestras vidas privadas y en nuestros hogares». ¿Qué tipo de influencias corruptas permitimos en nuestras casas hoy que los puritanos habrían prohibido?
Los puritanos se habrían preocupado más por el contenido de los medios informativos que por la forma de tecnología. El hogar estadounidense medio tiene las puertas abiertas para que los intrusos entren, roben y destruyan los tesoros del alma. Los cristianos deben practicar gran discernimiento para proteger sus hogares contra:
(1) La maldad. Un videojuego reciente ganó mil millones de dólares en las salas en tan solo tres días después de su puesta en el mercado. Obviamente, es algo extraordinariamente popular. ¡El problema es que el juego gira en torno al robo! ¿Y cuántas canciones populares fomentan la fornicación y el adulterio? Quebrantar las leyes de Dios es un tema muy serio. ¿Te estás entreteniendo con las cosas que Dios odia?
(2) La mundanalidad. Puede ser un rechazo abierto a Dios, una vida crudamente inmoral, o de patente conformidad con la cultura popular. Pero podría tratarse de algo mucho más sutil. La mundanalidad no es amor ni está gobernada por el amor hacia Dios. Podría agradar a aquellos que ignoran a Dios, procurando la prosperidad física por encima de la santidad espiritual, valorando las ganancias temporales más que las glorias eternas, viviendo para ir hacia adelante en lugar de ir hacia arriba, o caminar en el orgullo en vez de la humildad. En resumen, es su corrupta naturaleza humana sin Dios. Alguien de este mundo está controlado por lo que los puritanos llamaban la trinidad de este mundo: la búsqueda de los placeres, de la ganancia y de la posición. Los puritanos se preguntarían ante cualquier actividad: ¿Ayuda esto a que mi familia ame más a Cristo, a que odie más el pecado y a caminar más por el camino de santidad del Rey?
(3) La ligereza. La vida tiene momentos ligeros en los que todos rompemos a reír, pero la ligereza (o frivolidad) consiste en utilizar el humor y la diversión para mantener las gravosas realidades fuera de nuestra mente. Vivimos en una cultura que intenta convertir la vida en una «Comedia Central». La tragedia es que nos aparta del gozo desbordante que Dios da a través de una seria consideración de la verdad del evangelio. ¿Estás dirigiendo a tu familia a llenar sus mentes con distracciones o con la esperanza de Cristo?
Los puritanos nos preguntarían hoy, no guiados por el legalismo sino llevados por el celo del bienestar de las almas de nuestra familia: ¿Qué estamos introduciendo en nuestros hogares mediante la música que escuchamos, los chistes o las historias que contamos, los libros y las revistas que leemos, las imágenes que colgamos en la pared o que dejamos aparecer en nuestras pantallas, y los juegos y deportes a los que jugamos o que miramos? Lee Filipenses 4.8, y haz un inventario.
Notas:
1. Edmund S. Morgan, The Puritan Family: Religion and Domestic Relations in Seventeenth Century New England, nueva edición (Nueva York: Harper and Row, 1966), 66-68.
2. Bruce C. Daniels, Puritans at Play: Leisure and Recreation in Colonial New England, Tenth Anniversary Edition (Nueva York: Palgrave Macmillan, 2005) 166-72.
3. Daniels, Puritans at Play, 57.
4. Samuel Lee, «What Means May Be Used towards the Conversion of Our Carnal Relations¿» en Puritan Sermons 1659-1689 (Wheaton, Ill.: Richard Owen Roberts, 1981), 1:150.
5. Act for Observing the Directions of the General Assembly for Secret and Private Worship, and Mutual Edification; and Censuring Such as Neglect Family-Worship [Acta para observar las directrices de la Asamblea General para la adoración privada y secreta, y la mutua edificación; y censura como el descuido de la adoración familiar], 24 de agosto de 1647, en Westminster confession of Faith (Glasgow: Free Presbyterian Publications, 1994), 418.
6. Citado en Leland Ryken, Wordly Saints: The Puritans As They Really Were (Grand Rapids: Academic Books, 1986), 80.
7. Richard Baxter, The Reformed Pastor, ed. William Brown (Edimburgo: Banner of Truth, 1974), 172-256.
8. Directory for Family-Worship, en Westminster Confession of Faith, 419; Matthew Henry, «A Church in the House», en The Complete Works of the Rev. Matthew Henry (1855; reed., Grand Rapids: Baker, 1979), 1:251-57.
9. Joel R. Beeke, Family Worship (Grand Rapids: Reformation Heritage Books, 2009).
El Dr. Joel R. Beeke es presidente y catedrático de Teología Sistemática y Homilética en el Seminario Teológico Reformado Puritano, y pastor de la Heritage Netherlands Reformed Congregation of Grand Rapids, Michigan.
Tim Challies entrevistó a nuestro editor [Dr. Joel Beeke, de la revista Banner of Sovereign Grace Truth] durante un periodo de ocho semanas sobre los ocho capítulos finales de A Puritan Theology: Doctrine for Life [La teología puritana: Doctrina para toda la vida], y añadió estos artículos en el blog de Challies. Los estamos editando en esta revista con su permiso. Los ocho artículos tratan en exclusiva la forma en que los puritanos pusieron la teología en práctica. Este artículo se ocupa de la adoración familiar y la santidad en el pensamiento puritano.
Publicado en Reflexiones con permiso de Banner of Sovereign Grace Truth. Traducción de IBRNJ, todos los derechos reservados © 2014

Usado con Permiso de IBRNJ.